Es el momento de buscar la excelencia y despreciar la perfección.





Buscar la excelencia nada tiene que ver con buscar la perfección.


El que quiere ser perfecto, por mucho que se esfuerce nunca lo conseguirá. Esta es la primera paradoja de perfección, cuanto más te acercas a ella, más se aleja. Así que quien lo intenta ya sabe que abandona el camino del bienestar y da la bienvenida al malestar a la inquietud a la insatisfacción. Por supuesto que de vez en cuando logrará algún éxito y lo disfrutará, incluso lo celebrará con los amigos, pero su camino hacía la perfección, después de cada logro partirá de cero una y otra vez, como Sísifo arrastrando una gran roca ladera arriba.


Seguro que la esperanza te lleva en volandas pero cuando estás a punto de alcanzar la cima, tus fuerzas fallaran y la piedra caerá ladera abajo. Acaso el que busca la perfección no aparenta ser como Sísifo, “el mas sabio y prudente de los mortales”. Entonces ¿por qué no se suicida y acaba con su maldición?


La alegría de Sísifo es que tiene una roca, inmensa y pesada. Una roca que le pertenece solo a él y nadie se le va a arrebatar, porque los dioses olímpicos se la han entregado a él. “Hay que imaginarse a Sísifo dichoso” concluye Camus.


Sísifo está atado a su destino, “un trabajo inútil y sin esperanza”. ¡Ese es su castigo!. Se esfuerza de tal manera para lograr lo que otros quieren, eso y no otra cosa es la perfección, renuncia a su vida por vivir la vida que otros quieren para él.


En cambio quien busca la excelencia, la mejora continua y permanente, sabe lo que vale su esfuerzo y cada día encuentra una compensación. Busca su libertad. Ser el mismo y no otro.

Mientras que la perfección convierte a las personas en insectos palo, que por mucho que se esfuercen nunca conseguirán ser una madera.


La excelencia es flexible y cambiando, cambia a la persona.

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